Birdman

Riggan Thomson es Michel Keaton, Batman, y se dispara en la cabeza como el protagonista de Fight Club interpretado por Edward Norton, cuyo papel, Mike, en Birdman recuerda a Tyler Durden, así como Naomi Watts tiene algo más de la Betty Elms o Diane Selwyn de Mulholland Drive que simple atracción sexual por una morena. Y luego está ese acertado fragmento de Macbeth recitado por un fanático en la fachada en obras de la tienda de licores que bien podría resumir el film… Esta es la hipertextualidad sugerida a bote pronto por la cinta, que supone la realización de una obra a partir de otra que forma parte ya del imaginario colectivo, como John Travolta en Pulp Fiction sobrevivido, no por mucho tiempo, a la Fiebre del Sábado Noche. Las interpretaciones, no obstante, se matizan precisas, aunque son más superficiales que profundas, de fácil identificación; y empatizar con ellas es, de hecho, una cuestión personal, porque la tendencia de los personajes queda privada del mundo de a pie, invadida por la fama, abducidos por los selfies, inmortalizados por la celebración de la desnudez pública y arrojados al teatro más allá del escenario. Una metaficción cada día más mundana que Birdman sabe aprovechar para con sus seguidores, admiradores del ingenio y del talento que aceptan casi incondicionalmente la tortura de la puesta en escena si la escena lo merece, a pesar de que lo demás, la ética del sacrificio, la estética liberal, la apariencia novedosa y el lado desconocido del corazón de la obra sea obligado, por norma general, a verse escondido bajo la tramoya de la representación. Hasta luego al Dogma 95, a las conversaciones ineficaces y a la realidad sustituida por un pedazo de ficción. La esquizofrenia o voz interior que nos separa del todo conduce a Riggan Thomson hacia el éxito total y, motivado por el desenmascaramiento como salida del laberinto de Broadway, este Ofelio sin alas por fin da el gran salto. Para su hija Sam (Emma Stone), la Muerte del Padre, Te haré invencible con mi derrota, o De qué hablamos cuando hablamos de amor son una invitación a la Fiesta, al Derroche, al Gasto. Da muerte a la Doctrina con una sonrisa en la cara porque ya no habrá más obediencia, disciplina consciente, deber histórico ni compromiso social. Hasta aquí, los rompecabezas filosóficos surgen al mezclar distintos juegos del lenguaje, y pensar en el alma de Birdman como en un objeto físico que Sam mira ascender desde la ventana sería confundir una manera de hablar con otra. Ella no cree en el birdmanismo, a pesar de que le había sido inconscientemente encomendada la tarea de rehabilitar a su padre en la distinción que late entre el amor y la admiración. Y, en definitiva, ahora tendrá que comprender e integrar que el poder viral desarrollado es más violento de lo que estimaba.